Parashá Bo 5782

El Éxodo marcó nuestro nacimiento como pueblo, y se requiere de nosotros recordar el día que salimos de Egipto, todos los días de nuestra vida. De hecho, cuando D-s se reveló a nosotros en Sinaí, Se presentó no como el Creador de cielo y tierra, sino como «…tu D-s, quien te sacó de la tierra de Egipto». Pues el elemento definitorio de nuestra relación con D-s no es el que seamos seres creados por El (de los que hay muchos otros en el mundo de D-s), sino el que somos seres libres, seres en quienes El ha investido de Su propia eternidad e infinidad, seres facultados por El para trascender las limitaciones del mundo material y los límites de sus propias naturalezas.

Bo significa «ven». El nombre deriva del versículo de apertura del parashá, en el que D-s instruye a Moshé «ven al Faraón» para advertirle de la séptima plaga (la de langostas) y una vez más transmitir la demanda Divina que el regente de Egipto deje en libertad a los Hijos de Israel. La Torá considera el nombre de una cosa como la articulación de su esencia; ciertamente, así es el caso con los propios nombres de la Torá para sí misma y sus componentes. El nombre de un parashá de la Torá siempre transmite su mensaje primario.

Por lo tanto, sería de esperar que está parashá que habla del éxodo se llamara «Éxodo», «Libertad», o algún otro nombre que exprese la importancia de este suceso tan importante en la historia de Israel. En cambio, deriva su nombre de la presentación de Moshé ante el Faraón, un evento que no parece más que preliminar al Éxodo. De hecho, el concepto del líder de Israel yendo al palacio del Faraón para solicitarle dejar partir al pueblo judío -implicando que los judíos todavía están sometidos a Egipto y su gobernante-parece la antítesis misma del Éxodo.

La frase «Ven al Faraón» también evoca mucha discusión entre los comentaristas. ¿Por qué dice D-s a Moshé que venga al Faraón? ¿No hubiera sido más apropiado decir: «Ve al Faraón»? El Zohar explica que Moshé temía enfrentarse al Faraón dentro de su palacio, en el eje de su poder. De modo que D-s prometió a Moshé que El mismo lo acompañaría al Faraón. La palabra «ven», así, ha de ser entendida en el sentido de «ven conmigo»; D-s dice a Moshé: «Ven conmigo al Faraón».

También existe otro significado más para la frase «Ven al Faraón»: «ven» en el sentido de «ingresa a su interior». Para liberar al pueblo de Israel de la «grande y potente serpiente», no bastaba con meramente ir al Faraón; Moshé debía introducirse en el núcleo del Faraón, en la raíz misma de su poder. Aquí se le está dando un sentido místico a la situación, pero es interesante analizarlo y ver qué podemos aprender.

¿Quién es el Faraón y qué representa? ¿Cuál es su «esencia más Intima»? ¿Por qué temía Moshé enfrentar al Faraón en su palacio si D-s mismo lo había enviado allí? ¿Y de qué manera venir «dentro del Faraón» constituye la clave para el Éxodo de Egipto y la liberación del alma del hombre?

La maldad del Faraón no se define por la promiscuidad que caracterizaba a los cultos paganos de Egipto, ni por su esclavización y tortura de millones, ni por bañarse en la sangre de los degollados, sino por su egocentrismo, por considerarse a sí mismo la fuente y norma de todo. Pues ésta es la raíz de todo mal. El egocentrismo podría parecer un pecado benigno en comparación con los actos de crueldad y depravación en que el hombre puede hundirse, pero es la fuente y esencia de todos ellos. Cuando la persona considera su ser, definitorio de lo correcto e incorrecto, su moralidad (y podría ser inicialmente el más moral de los hombres) está despojada de valor. Semejante persona es, en última instancia, capaz de cualquier acto, de considerarlo crucial para sí mismo o para su autodefinida visión de la realidad.

En última instancia, cada acto de bien es un acto de abnegación, y cada acto de mal es un acto de auto-deificación. Cuando una persona hace una buena acción -ya sea si implica contribuir con una única moneda para caridad o dedicar la vida entera a una causa Divina- está diciendo: hay algo más grande que yo, a lo que estoy comprometido. Cuando una persona infringe la voluntad Divina -sea con una transgresión menor o con el más atroz de los crímenes- está diciendo, como el Faraón: «Mi río es mío, y yo me he hecho a mí mismo».

Entonces, ¿el ego es malo? ¿Es este componente fundamental de nuestra alma un implante ajeno que debe desarraigarse y ser desechado en nuestra procura de bien y verdad?

En el análisis final, no. Pues la realidad es que «no hay nada aparte de El»; que nada es contrario a, o siquiera separado de, el Creador y la Fuente de todo. El ego, el sentido del propio ser con que nacemos, también deriva de D-s; de hecho, es un reflejo del Divino «ego». Porque D-s Se conoce a Sí mismo como la única auténtica existencia, nosotros, creados a Su imagen, poseemos una aproximación de Su Ser. No es el ego lo malo, sino el divorcio del ego de su Fuente. Cuando reconocemos nuestro propio ego como un reflejo del «ego» de D-s y lo sometemos al Suyo, se convierte en la fuerza impulsora de nuestros esfuerzos por hacer del mundo un lugar mejor, más Divino.

Cuando Di-s ordenó a Moshé «Ven al Faraón», Moshé ya había estado visitando al Faraón durante muchos meses. Pero había estado tratando con el Faraón en sus diversas manifestaciones: Faraón el pagano, Faraón el opresor de Israel, Faraón el dios de propia manufactura. Ahora se le estaba diciendo que se introdujera en la esencia del Faraón, en el alma del mal. Ahora se le estaba diciendo que penetrara más allá de la maldad del Faraón, más allá del mega ego que insiste en que «yo me he creado a Mí Mismo», para enfrentar la esencia del Faraón.

Dijo D-s a Moshé: «Ven al Faraón». Como si dijera, ven conmigo, y juntos penetraremos en el gran palacio de la serpiente.  Descubrirás que el mal no tiene substancia ni realidad; que todo lo que es, es la malversación de lo Divino en el hombre. Cuando aprendas este secreto, ningún mal te derrotará jamás. Cuando aprendas este secreto, tú y tu pueblo serán libres. Cuando descubrimos quienes somos en realidad y para que existimos, somos libres.

¿Qué acerca de la plaga de oscuridad?

Nuestros Sabios nos enseñan que la “plaga” de la oscuridad que envolvió a Egipto no fue una oscuridad corriente, sino que fue una oscuridad tan intensa que “un hombre no pudo ver a su hermano durante esos tres días”. La oscuridad era como una ceguera en la cual las personas se chocaban unas con otras. Tres días en los cuales la oscuridad fue tan espesa que “ningún hombre se levantó de su lugar – quien estaba sentado no pudo pararse, y quien estaba parado no pudo sentarse”. Esta oscuridad era palpable – como un gel inmovilizador. Durante todo este tiempo, la Torá nos dice que “para todos los Hijos de Israel hubo luz en sus moradas”. ¿Por qué la Torá especifica que la luz estuvo “en todas sus moradas”? Por qué no dice solamente: ” Los Hijos de Israel tuvieron luz”, o “La oscuridad no afectó a los Hijos de Israel”.

La oscuridad tiene dos peligros: 1) oscuridad trae consigo confusión – un poste de luz puede ser confundido con una persona o viceversa, 2) temerosa de chocar contra una pared, una persona puede paralizarse en un estado de shock. Nosotros vivimos en una era de gran oscuridad espiritual en la cual las personas se chocan unas con otras en su ceguera. Tratan de encontrar “algo” para obtener una elevación espiritual instantánea. No se puede diferenciar entre un poste y un hombre.  Se ha alcanzado un nivel de completa inmovilidad espiritual, temerosos de caer en un pozo, el mundo se ha estancado. Sin embargo, en estos tiempos de gran oscuridad, el esplendor de la Torá continúa brillando como un faro en un oscuro mundo…. “y para todos los Hijos de Israel hubo luz en sus moradas.”

Imaginemos un momento como se sentiría un israelita dentro de su casa con luz. ¿Podemos pensar que si miraba por su ventana y veía tan grande oscuridad afuera, podría sentirte triste? O al contrario, ¿ Se sentiría alegre y agradecido de que en su casa había luz y podía moverse sin miedo a tropezar?

 Disfrutemos esa luz que se nos ha dado para no tener miedo de ver lo que hay a nuestro alrededor y no quedarnos sentados en el mismo lugar sino que podamos movernos con libertad. Una pequeña luz disipa una gran oscuridad. 

El primero de Nisán, D-s le dice a Moshé y Aharón que saldrán de Egipto y ese mes debe ser contado como el primero del año. Esto nos señala la importancia del evento del éxodo ya que todos los meses se cuentan en relación con éste; en vez de darles nombres específicos se les enumera en relación con la salida de Egipto, tal como sucede con los días en hebreo, que son enumerados en relación con el Shabat: Yom Rishón (primer día), y así sucesivamente cumpliéndose cada ciclo respecto al Shabat. Desde la creación del mundo hasta la salida de Egipto, D-s fijaba el comienzo de cada mes. Al crearse Israel como pueblo les instruye con la mitzvá -precepto- de Rosh Jodesh -Bendición del Mes- que sería luego determinado por el Bet Din -Tribunal- a partir del reporte de dos testigos que observaran la Luna Nueva. En la actualidad, nos seguimos por un calendario fijo establecido por Hilel HaNasí en el cual está indicado el comienzo de cada mes que bendecimos. Nuestro calendario es lunar con los ajustes al calendario solar porque Pesaj debe ocurrir según la Torá siempre en primavera. El pueblo de Israel es comparado a la luna cuya luz va disminuyendo hasta que desaparece, pero es precisamente en este instante que renace la luna nueva, creciendo en forma constante. La historia de Israel a través de las épocas refleja el ciclo lunar en el exilio de Egipto, después de llegar al máximo de la opresión comenzaba la renovación de la esperanza. En nuestra vida personal también a veces ocurre lo mismo. Cuando estamos en un punto donde parece no haber esperanza, debemos recordar que la parte más oscura de la noche es precisamente aquella que se produce antes del amanecer.

En la décima plaga (la plaga de los primogénitos), los israelitas tuvieron que poner una marca de identificación en sus casas para no verse afectados. Se les ordenó que depositaran la sangre de la ofrenda del cordero pascual en el umbral de sus puertas. Se les advirtió que se quedaran en casa hasta la mañana. El Midrash ofrece una explicación de por qué eran necesarias estas precauciones: “Una vez que el destructor tiene libertad de acción, no puede distinguir entre el bien y el mal”. Esta señal especial fue necesaria para desviar al Ángel de la Muerte. ¿No tuvo este Ángel libertad de acción en las nueve plagas anteriores? ¿Por qué los hijos de Israel no tomaron medidas para protegerse antes? La respuesta radica en el hecho de que el sacrificio del primogénito fue esencialmente diferente de las plagas que lo precedieron. Las primeras nueve plagas trajeron un tipo específico y limitado de daño y devastación. Esta última plaga fue el clímax, el momento final del proceso del parto, alcanzado cuando Moisés informó a los egipcios acerca de la plaga que se avecinaba “la muerte del primogénito” (Éxodo 11: 4-8). Antes de salir de Egipto, cada familia de Israel tenía que ofrecer una oveja – un Korban Pesaj – que era una deidad para los egipcios y aquellos que no la tenían, que someterse a Brit Milá, la circuncisión. Después de la décima plaga, la muerte del primogénito, además de los animales que adoraban los egipcios, el faraón le suplicó a Moisés que se llevara a su pueblo. Setenta personas llegaron a Egipto y miles se fueron, incluidos 600.000 hombres mayores de 20 años. La salida de Egipto se produce el 15 de Nisán, cuya celebración tiene lugar en Pesaj, que debe celebrarse eternamente a lo largo de todas nuestras generaciones.

La historia del éxodo debe recordarse en todos sus detalles al obedecer Sus mitzvot (mandamientos). Debemos asegurarnos de que todas nuestras acciones y aspiraciones a lo largo de la vida estén guiadas por el recuerdo de esta historia que simboliza nuestra libertad. La salida de Egipto no se trata solo de la liberación de los hijos de Israel que fueron esclavizados allí, sino de la liberación del espíritu de todos nosotros. Por eso es tan importante estudiar el Éxodo, hasta el punto de que todos los años en la noche del Seder de Pascua se nos ordena vernos a nosotros mismos como si hubiéramos salido de Egipto. Por eso se nos ordenó recordar la salida de Egipto todos los días y todas las noches. En cierto modo, el Shabat y cada una de las fiestas se instituyeron como recordatorio de la salida de Egipto ya que fue allí donde el espíritu se liberó del yugo de lo que no le permite ser libre para “servir al Creador”.

Para los israelitas fue el momento de romper con el mundo anterior en el que habían vivido en esclavitud, para abrirse camino hacia la libertad a la tierra que el Eterno les había prometido. Pero también, para nosotros hoy, salir de Egipto es deshacernos de todas las formas de idolatría para acercarnos a lo divino, el único Dios que incesantemente se revela y nos da a conocer sus designios; salir de Egipto es adentrarse en nuestras almas y corazones para encontrar la libertad; salir de Egipto es encontrar a Dios y caminar con él.

Shabbat Shalom!!

Alejandro Alvarado